martes, 28 de agosto de 2018

Comedia Romantica El Espantapajaros


Érase una vez en Colombia son dos caras del país reunidas en dos novelas distintas, incluso opuestas: El Espantapájaros y Comedia romántica. Se pueden leer en cualquier orden. En mi caso, comencé por la segunda, donde dos jóvenes salen a comer a un restaurante de Bogotá. La confianza entre ambos, el lenguaje común, la liviandad de compartir lo cotidiano, una buena película, un libro, una canción, los acercan el uno al otro, tanto como la pertenencia a un mundo seguro y estrecho, donde los dos están confinados.
Martina ha viajado por el mundo, ha estudiado en otros países, ha tenido parejas de nacionalidades variadas y ha sufrido la ruptura de su primer matrimonio, al igual que Benjamín. En medio de todo esto, siempre se han acompañado y se han querido. A medida que conversan, vemos crecer una intimidad hecha de anécdotas privadas, en las que el lector, lejos de ser excluido, se siente testigo, incluso cómplice, de una pareja que lo es al comienzo de la conversación sin saberlo del todo, o sin atreverse a admitírselo, pero que, con el paso de las páginas y el aumento del diálogo, se va evidenciando como tal.
Tarda uno en darse cuenta, ya cuando han salido del restaurante y han recorrido una ciudad sitiada de retenes de seguridad para llegar al centro histórico de La Candelaria, de que la pareja, aunque parece estática en su conversación circular, en la que aparecen anglicismos, expresiones en francés, autores checos, películas de otros tiempos, chistes privados y amigos comunes, sí está avanzando. O, más que avanzando, está envejeciéndose. Casi sin notarlo, nacen hijos; más adelante, Benjamín sufre de las rodillas y, páginas después, Martina toma una medicación que podría ser para el climaterio.
Para entonces ya no sabemos si siguen estacionados frente al hotel de Benjamín en La Candelaria, o dónde se encuentran; ya solo parece importar ese diálogo, donde ellos delimitan su forma de estar en el mundo, en un país, una ciudad, un estrato social, en fin, una geografía específica y determinante.
Entre Martina y Benjamín hay una ternura sincera que nace de la confianza, algo que no tendrá nadie en Camposanto, el pueblo donde ocurre la masacre en la novela opuesta, El Espantapájaros.
En esto, como en todo, El Espantapájaros es la contracara. En Camposanto, la gente, si no ha muerto aún, está esperando su turno para morir, sin libre albedrío, sin paz y sin futuro. En forma acertada, Luis Fernando Afanador se refiere a este experimento novelístico como “la síntesis de un país desaforado”.
Ricardo Silva siempre sabe hacer que sus novelas ocupen un espacio en el territorio. Mientras uno lo lee acaba ocupando un lugar, porque sus personajes tienen una manera de hablar, unas cosas que decir que los hacen irremediablemente circunstanciales, hijos de su entorno, que siempre les moldea y define su destino, ya sea trágico o afortunado. También es frecuente una preocupación por el destino. Esa tensión que sentimos en la vida, donde somos personajes, entre lo que puede ser y lo que podemos hacer que sea.
En Comedia romántica, Benjamín y Martina hablan sobre esto. Al final, tienen bastante claro que son ellos quienes tienen el poder de darles un giro a sus vidas. Y aunque en toda la conversación se preguntan si es posible tener un amor para toda la vida, se hacen viejos conversando siempre acompañados, pero sin llegar jamás a una certeza.
Por su parte, en El Espantapájaros, el destino es un gesto cínico del comandante cuando ordena revisar la línea de la vida en las manos de sus víctimas para corroborar si hay que matarlas o no. De todas formas, al final, acaban asesinadas.
Sin duda, lo que más sorprende en estas dos historias que se miran de soslayo es que ocurran en el mismo territorio. Como bien lo dice Daniel Samper Ospina: “Ambas son las caras opuestas de una misma realidad. La indolencia de unos frente al dolor de otros; la cohabitación de dos realidades opuestas que se tocan, pero que están cosidas al mismo lomo”.
En medio de la conversación de esta pareja bogotana, Camposanto aparece como una referencia más. Podrían estar hablando de otra película cualquiera cuando Martina, refiriéndose a uno de los acontecimientos de la novela vecina con total desapego, dice: “Hay gente con un destino incomprensible: un salvaje del Bloque Titanes le saca los ojos justo el día que está de visita en Camposanto”.
El hecho es que la contracara de esta historia es un destino trágico, ya con un augurio fatal desde el nombre del pueblo donde ocurren los hechos, Camposanto, un cementerio incluso para los vivos.
En contraste con la serena conversación de Comedia romántica, en El Espantapájaros las acciones se contraponen unas a otras con un ritmo vertiginoso y salvaje. La crueldad parece ser la única manera de sobrevivir en medio de la barbarie. Los hombres del ‘Cigarra’, líder criminal, ponen el pueblo patas arriba buscando al ‘Espantapájaros’. En su búsqueda, cometen una masacre no sin antes violar a alguna mujer, agredir a uno que otro anciano, amedrentar a una madre y su bebé y sacarle los ojos y cortarle el miembro a un travesti que estaba de paso.
Todo pasa pronto, y en medio del miedo y la demencia, las razones, si existieron alguna vez, se pierden. En algún momento empezamos a dudar de si el ‘Espantapájaros’ realmente existe o si es un mito creado, un monstruo imaginario nacido del temor de los unos a los otros. El caso es que ya no importa saberlo, porque todos están muertos y un pueblo más ha desaparecido de la geografía nacional.
Entre sombras alcanzamos a ver a la enfermera valiente, a la bruja que muere, al asesino analfabeta, todos tan perdidos y solitarios, tan confundidos y brutales unos, tan valientes y optimistas otros, todos muertos al final. Para Marianne Ponsford, “uno no lee esta novela, uno la vive”. Y es cierto. El Espantapájaros se acerca mucho a una experiencia desesperada de la que somos inútiles testigos.
Al final, Érase una vez en Colombia reúne el infierno y el paraíso en un mismo territorio. Ese territorio es el país, uno donde cada quien habita su propia parcela sin enterarse de lo que ocurre al otro lado. Para la escritora Pilar Quintana, “estas dos novelas contradictorias nos lo muestran todo: lo muy bonitos y lo muy horribles que somos”. Está todo ahí y se parece mucho al país que tenemos.


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