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Cansado
de su aburrida existencia, Miles, de 16 años, se muda a un colegio internado
para ir en busca de lo que el poeta Rabelais llamó el “Gran quizá”. Ahí, su
recién descubierta libertad y una enigmática chica, Alaska, lo lanzan de lleno
a la vida. Pero cuando Miles siente que está por alcanzar su objetivo, una
tragedia inesperada amenaza con arrebatárselo.
Una semana
antes de que dejara a mi familia, Florida y el resto de mi vida anterior para
irme a un internado de Alabama, mi madre insistió en celebrar una fiesta de
despedida en mi honor. Decir que yo tenía pocas expectativas sería subestimar
demasiado el asunto. Aun cuando me vi más o menos forzado a invitar a todos mis
«amigos de la escuela», es decir, a la muchedumbre heterogénea de teatro y los
«matados» de la clase de inglés con los que me sentaba por una necesidad social
en la cavernosa cafetería de mi escuela pública, estaba seguro de que no
vendrían. De todas maneras, mi madre perseveró, sumergida en la ensoñación de
que yo le había guardado el secreto de mi popularidad todos estos años. Preparó
una gran cantidad de salsa de alcachofas; decoró la sala de nuestra casa con
banderolas verdes y amarillas, que correspondían a los colores de mi nueva
escuela; compró dos docenas de explosivos de confeti con forma de refresco y
los colocó en el borde de la mesa de centro.
Y cuando por fin llegó ese último viernes,
cuando mi equipaje estaba casi del todo hecho, se sentó con mi padre y conmigo
en el sofá a las 16.56 de la tarde y esperó con mucha paciencia la llegada de
la Caballería del Adiós a Miles. Esta caballería estaba formada exactamente por
dos personas: Marie Lawson, una diminuta chica rubia con gafas rectangulares, y
su rechoncho (por decirlo con amabilidad) novio, Will.
—Hola, Miles —saludó Marie al sentarse.
—Hola —contesté.
—¿Cómo te han ido las vacaciones de verano?
—preguntó Will.
—Bien, ¿y a vosotros?
—Bien. Participamos en Jesucristo Superstar.
Yo ayudando con los escenarios. Y Marie con las luces —respondió Will.
—Qué bien. —Asentí como si supiera de qué se
trataba, y ahí se acabaron nuestros temas de conversación. Podría haber hecho
alguna pregunta acerca de Jesucristo Superstar, excepto que: 1) no sabía lo que
era, 2) no me interesaba saberlo y 3) nunca se me han dado bien las
conversaciones triviales. Mamá, sin embargo, puede sostener conversaciones
triviales durante horas, así que logró prolongar la incomodidad preguntándoles
sobre su horario de ensayo, cómo había ido la obra y si había sido un éxito.
—Creo que lo fue —dijo Marie—. Asistieron
muchas personas, creo —Marie era del tipo de personas que creen mucho.
Por último, Will dijo:
—Bueno, solo hemos pasado a decirte adiós.
Tengo que llevar a Marie a su casa antes de las seis. Diviértete en el
internado, Miles.
—Gracias —contesté aliviado. Peor que hacer
una fiesta a la que no asiste nadie es hacer una fiesta a la que solo asisten
dos personas infinita y profundamente aburridas.
Se fueron, y me senté junto a mis padres a
mirar el televisor apagado, con la intención de encenderlo pero a sabiendas de
que no debía hacerlo. Sentía que me miraban y esperaban que me echara a llorar
o algo así, como si no hubiera sabido siempre que pasaría. Pero sí lo sabía.
Sentía su lástima al recoger la salsa de alcachofas para las patatas destinadas
a mis amigos imaginarios, pero mis padres eran más dignos de lástima que yo: yo
no estaba desilusionado. Mis expectativas se habían cumplido.
—¿Es por esto que te quieres ir, Miles?
—preguntó mamá.
Lo medité un momento sin mirarla.
—Eh, no —dije.
—Bueno, entonces, ¿por qué? —preguntó. No
era la primera vez que me lo preguntaba. A mamá no le hacía mucha gracia
dejarme ir al internado y no lo ocultaba.
—¿Por mí? —preguntó papá.
Él también había asistido a Culver Creek, el
mismo internado al que me dirigía, igual que sus dos hermanos y todos sus
hijos. Creo que le gustaba la idea de que siguiera sus pasos. Mis tíos me
habían contado historias de lo famoso que había sido en la facultad, de cómo se
las había arreglado para montar follones y al mismo tiempo aprobar con las
mejores calificaciones todas sus clases. Esa vida sonaba mejor que la que tenía
yo en Florida. Pero no, no era por papá. No exactamente.
—Esperad.
Entré en el estudio de mi padre y encontré
la biografía de François Rabelais. Me gustaba leer biografías de escritores,
aunque (como en el caso de Rabelais) nunca hubiera leído nada de su obra. Pasé
rápido las páginas hasta el final del libro y encontré una cita subrayada con
fluorescente («¡NUNCA USES FLUORESCENTE EN MIS LIBROS!», me había advertido mi
padre mil veces; pero ¿de qué otra manera se supone que puedes encontrar lo que
buscas?).
—Este tipo —dije de pie en el umbral de la
sala—, François Rabelais, era un poeta y sus últimas palabras fueron: «Voy en
busca de un Gran Quizá». Ese es el motivo por el que me voy. No quiero esperar
a morirme para empezar a buscar un Gran Quizá.
Eso los calló. Iba en busca de un Gran Quizá
y sabían, igual que yo, que no lo iba a encontrar entre gente como Will y
Marie. Me volví a sentar en el sofá, entre mamá y papá. Mi padre me abrazó y
nos quedamos allí juntos mucho tiempo, hasta que nos pareció bien encender el
televisor. Luego cenamos salsa de alcachofas y vimos un rato el Canal Historia.
Y en lo que a fiestas de despedida se refiere, sin duda podría haber sido
mucho peor.







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