Érase una vez en Colombia son dos caras del país reunidas en dos
novelas distintas, incluso opuestas: El Espantapájaros y Comedia romántica. Se
pueden leer en cualquier orden. En mi caso, comencé por la segunda, donde dos
jóvenes salen a comer a un restaurante de Bogotá. La confianza entre ambos, el
lenguaje común, la liviandad de compartir lo cotidiano, una buena película, un
libro, una canción, los acercan el uno al otro, tanto como la pertenencia a un
mundo seguro y estrecho, donde los dos están confinados.
Martina ha
viajado por el mundo, ha estudiado en otros países, ha tenido parejas de
nacionalidades variadas y ha sufrido la ruptura de su primer matrimonio, al
igual que Benjamín. En medio de todo esto, siempre se han acompañado y se han
querido. A medida que conversan, vemos crecer una intimidad hecha de anécdotas
privadas, en las que el lector, lejos de ser excluido, se siente testigo,
incluso cómplice, de una pareja que lo es al comienzo de la conversación sin
saberlo del todo, o sin atreverse a admitírselo, pero que, con el paso de las
páginas y el aumento del diálogo, se va evidenciando como tal.
Tarda uno en
darse cuenta, ya cuando han salido del restaurante y han recorrido una ciudad
sitiada de retenes de seguridad para llegar al centro histórico de La
Candelaria, de que la pareja, aunque parece estática en su conversación
circular, en la que aparecen anglicismos, expresiones en francés, autores
checos, películas de otros tiempos, chistes privados y amigos comunes, sí está
avanzando. O, más que avanzando, está envejeciéndose. Casi sin notarlo, nacen hijos;
más adelante, Benjamín sufre de las rodillas y, páginas después, Martina toma
una medicación que podría ser para el climaterio.
Para entonces
ya no sabemos si siguen estacionados frente al hotel de Benjamín en La
Candelaria, o dónde se encuentran; ya solo parece importar ese diálogo, donde
ellos delimitan su forma de estar en el mundo, en un país, una ciudad, un
estrato social, en fin, una geografía específica y determinante.
Entre Martina y
Benjamín hay una ternura sincera que nace de la confianza, algo que no tendrá
nadie en Camposanto, el pueblo donde ocurre la masacre en la novela opuesta, El
Espantapájaros.
En esto, como
en todo, El Espantapájaros es la contracara. En Camposanto, la gente, si no ha
muerto aún, está esperando su turno para morir, sin libre albedrío, sin paz y
sin futuro. En forma acertada, Luis Fernando Afanador se refiere a este
experimento novelístico como “la síntesis de un país desaforado”.
Ricardo Silva
siempre sabe hacer que sus novelas ocupen un espacio en el territorio. Mientras
uno lo lee acaba ocupando un lugar, porque sus personajes tienen una manera de
hablar, unas cosas que decir que los hacen irremediablemente circunstanciales,
hijos de su entorno, que siempre les moldea y define su destino, ya sea trágico
o afortunado. También es frecuente una preocupación por el destino. Esa tensión
que sentimos en la vida, donde somos personajes, entre lo que puede ser y lo
que podemos hacer que sea.
En Comedia
romántica, Benjamín y Martina hablan sobre esto. Al final, tienen bastante claro
que son ellos quienes tienen el poder de darles un giro a sus vidas. Y aunque
en toda la conversación se preguntan si es posible tener un amor para toda la
vida, se hacen viejos conversando siempre acompañados, pero sin llegar jamás a
una certeza.
Por su parte,
en El Espantapájaros, el destino es un gesto cínico del comandante cuando
ordena revisar la línea de la vida en las manos de sus víctimas para corroborar
si hay que matarlas o no. De todas formas, al final, acaban asesinadas.
Sin duda, lo
que más sorprende en estas dos historias que se miran de soslayo es que ocurran
en el mismo territorio. Como bien lo dice Daniel Samper Ospina: “Ambas son las
caras opuestas de una misma realidad. La indolencia de unos frente al dolor de
otros; la cohabitación de dos realidades opuestas que se tocan, pero que están
cosidas al mismo lomo”.
En medio de la
conversación de esta pareja bogotana, Camposanto aparece como una referencia
más. Podrían estar hablando de otra película cualquiera cuando Martina,
refiriéndose a uno de los acontecimientos de la novela vecina con total
desapego, dice: “Hay gente con un destino incomprensible: un salvaje del Bloque
Titanes le saca los ojos justo el día que está de visita en Camposanto”.
El hecho es que
la contracara de esta historia es un destino trágico, ya con un augurio fatal
desde el nombre del pueblo donde ocurren los hechos, Camposanto, un cementerio
incluso para los vivos.
En contraste
con la serena conversación de Comedia romántica, en El Espantapájaros las
acciones se contraponen unas a otras con un ritmo vertiginoso y salvaje. La
crueldad parece ser la única manera de sobrevivir en medio de la barbarie. Los
hombres del ‘Cigarra’, líder criminal, ponen el pueblo patas arriba buscando al
‘Espantapájaros’. En su búsqueda, cometen una masacre no sin antes violar a
alguna mujer, agredir a uno que otro anciano, amedrentar a una madre y su bebé
y sacarle los ojos y cortarle el miembro a un travesti que estaba de paso.
Todo pasa
pronto, y en medio del miedo y la demencia, las razones, si existieron alguna
vez, se pierden. En algún momento empezamos a dudar de si el ‘Espantapájaros’
realmente existe o si es un mito creado, un monstruo imaginario nacido del
temor de los unos a los otros. El caso es que ya no importa saberlo, porque todos
están muertos y un pueblo más ha desaparecido de la geografía nacional.
Entre sombras
alcanzamos a ver a la enfermera valiente, a la bruja que muere, al asesino
analfabeta, todos tan perdidos y solitarios, tan confundidos y brutales unos,
tan valientes y optimistas otros, todos muertos al final. Para Marianne
Ponsford, “uno no lee esta novela, uno la vive”. Y es cierto. El Espantapájaros
se acerca mucho a una experiencia desesperada de la que somos inútiles
testigos.
Al final, Érase
una vez en Colombia reúne el infierno y el paraíso en un mismo territorio. Ese
territorio es el país, uno donde cada quien habita su propia parcela sin
enterarse de lo que ocurre al otro lado. Para la escritora Pilar Quintana,
“estas dos novelas contradictorias nos lo muestran todo: lo muy bonitos y lo
muy horribles que somos”. Está todo ahí y se parece mucho al país que tenemos.